Uno de comandos especiales.

Comandos esp.

Teníamos una relación diferente, ese había sido el pacto entre los dos, nos llevábamos bien, éramos un buen equipo, pero siempre respetando la individualidad del otro. Nunca supe si fue para darle un matiz más suave a una relación profesional de evidente competencia entre él y yo. Aldo Rinaldi era un buen policía, y yo no lo era menos, pero debo confesar que sus acciones tenían mucho mas mérito que las mías, y si bien nuestros nombres se mencionaban con insistencia para la jefatura del grupo de comandos especiales el nombramiento de Aldo era mas seguro que pegarle un tiro al suelo. Aldo era inteligente, eficiente, y único coordinando acciones de grupo.

 El sótano de aquella fábrica era bastante iluminado, las sombras que podrían protegernos a Aldo y a mi de aquella lluvia de plomo tardarían muchísimo en llegar, apenas eran las dos de la tarde, y lo intrincado del lugar haría que los refuerzos llegaran no muy rápido. Yo logro escudarme tras una columna de concreto mientras cambio la cacerina de mi arma, tengo a Aldo a unos diez metros de mi, de pronto se voltea y dispara en mi dirección, un bulto me presiona contra el cemento, luego cae a mis pies, era el hombre que nos disparaba, quería sorprenderme por la espalda y el magnifico Aldo lo detuvo en seco, un tiro en el pecho fue suficiente, le debo una al italiano. Inmediatamente me agaché para quitarle el arma al delincuente que permanecía a mis pies, me levanto, y sin dejar pensar mucho a Aldo, le terminé de vaciar la pistola del muerto encima, luego devolví el arma a la mano de su dueño, y salí a esperar a los refuerzos.

 Tres meses después recibí el nombramiento de Jefe del grupo de comandos especiales en el gran salón de la Alta Escuela Profesional de Policía. Terminé mi discurso de esa noche con las siguientes palabras:

-recibo con humildad y un gran espíritu de responsabilidad el honor que me confieren en este solemne acto las altas autoridades que sabiamente dirigen nuestra institución policial, me han nombrado jefe del grupo de comandos especiales de la policía nacional, pero honor a quien honor merece. Aldo Rinaldi, el italiano, como le decíamos por cariño aquellos que tuvimos la suerte de disfrutar una amistad intima con el. Aldo era para mi quien merecía estar en este momento parado en este podio que ahora ocupo dirigiéndose a ustedes. El arriesgó su vida por salvar la mía, murió protegiéndome de un ataque por la espalda que pretendía realizar un criminal que no conocía la palabra piedad. Pido para ese excelente profesional de la ley, el orden, y la lealtad… un minuto de silencio, honor a el italiano, paz a sus restos, y mis más sentidas condolencias a sus familiares, a los cuales ofrezco todo el apoyo que esté a mi alcance –

 De camino a casa, luego de asumir el cargo de comandante en jefe de las fuerzas especiales, y mientras me sumergía en el intrincado transito de la ciudad sentado en el asiento trasero derecho de mi nuevo auto oficial con chofer, pensé que en realidad le debía dos a Aldo Rinaldi, mi vida, y mi cargo. Debería llevarle aunque sea un ramo de flores a su tumba, eso no cuesta mucho, pero tal vez  el año que viene, lo anotaré en mi agenda para que no se me olvide.

                                                          FIN

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