Reencuentro a destiempo.

Hablando con el arbol (Lucerna 2008)

Brisa de ayer que vienes de tan lejos a refrescar mi hoy, la soledad tuya se une a mi soledad, tu tristeza se une a mi tristeza con alegría guardada en años de salones de liceo, en aulas de universidad, en sonrisas arropadas con sabanas de hotel barato, en besos húmedos con rocío de cualquier parque, en silencios  con vaivén de columpio, o en largos paseos en aquel autobús viejo con radio que daba la vuelta a la ciudad, que nos devolvía siempre al principio.

Brisa de ayer que existes hoy aquí conmigo, muy junto a mí, compartiendo como cómplices fechorías que hacen reír pero asustan, o producen caricias con una magia especial que ya conocíamos y que ahora es un arte secreto. Sin palabras te digo en el cuello que, aún hoy, siento en mi con gran fuerza la ternura que nunca dejó de ser tuya, compañera de amores, desamores, tiempo, distancia, y adióses para siempre hasta que nos veamos de nuevo. Amiga de papel y tinta, amante de carne y huesos, efímera pero real, amor mío corazón de otro, que vives con el donde la distancia me protege de mi mismo,  y no me permite evitarlo.

Brisa, después que te hayas ido de nuevo, cuando estés detrás de esa línea que el mar empuja contra el cielo, yo no me moveré para buscarte, yo volveré a esperarte sin esperanza, con la sorpresa lista eso sí, y con la frescura que hoy me dejas colgada en esta triste sonrisa.

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