Fin de otoño

Sobrevives en un espacio que tiene el tamaño del pueblo menguante donde habitas, tus historias caben en el ancho de tu cama y terminan entre tus muslos, ahí donde eso de amar pierde su sentido original tratando de encontrarte, de tener contigo algo pleno y satisfactorio que nunca llega, que no palpita en ti, que de no saber entregarte de verdad se te murió adentro hace muchos años, yo no sé por qué, tal vez tú sí.

Leo las paredes y rincones de tu casa, están adornados con esa descolorida presencia que tienen las cosas insípidas e intrascendentes, que no comprometen con ningún recuerdo, que convierten tu hogar en un lugar de paso donde siempre quedas tu sola, recostada en un viejo sofá frente al televisor, viendo películas malas y programas de preguntas y respuestas, tal vez esperando alguna que te sirva.

Me voy de tu lado de madrugada, sin vernos, sin despedirnos, unos rieles me esperan allá afuera, dejo lo más pesado del equipaje que tenía en el lado izquierdo de mi pecho junto a tu puerta, haz con eso lo que quieras.

Te veo desde esta distancia protectora de los tontos que me va regalando el tren, caminando por las calles del pueblo menguante que aprendieron a conocerte a fondo de tanto que las has pisado, siempre haciendo el mismo trayecto de todos los días. Ellas mismas te van narrando una y otra vez el viejo cuento de lo que fue el poblado y ya no es, de lo que tú fuiste pero ya no. Eres como las casas viejas que se encuentran al paso por algunas vías alternas, aprisionadas entre construcciones relativamente nuevas, que sin palabras ni gestos te dicen lo hermosas que fueron alguna vez, cuando la vida de alguien las llenaba con su energía, pero que ya hartas de estar vacías por dentro, ciegas de ventanas tapiadas, mudas de puertas cerradas, se desmoronan sobre si mismas triturando momentos de ayer, y nostalgias que no son como las de antes. De tanto vivir en soledad concurrida se te olvidó como ser compañera.

Supe de lo hermoso que fue amarte en primavera, se de lo triste que es amarte hoy en este otoño tan nuestro. Cuando sentí que empezaba de nuevo a quererte, un verdadero acto de valentía hubiese sido no volver nunca con quien alguna vez fui bello e inmortal, pero ya es tarde.

Esta mañana, la fría, y vieja terminal del pueblo menguante, aún sin sol, se me antojó bonita, lo pienso mientras va rodando la maquina, esta que me aleja cada vez más de mi hermosa mentira asumida a conciencia, la crónica de un fin anunciado que por nada del mundo me hubiese perdido.

 

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