Soledad en bicicleta

Hoy, como no pocos, es un día triste, como puede ser triste un paseo en bicicleta cuando el invierno reina, y con todo su peso se apodera de las calles de Ginebra. Es en invierno cuando los cafés agonizan por dentro y mueren de ausencia por fuera. Se siente el frío, ese frío húmedo de los solos a ratos, de los que, como yo, no estamos quizás… donde deberíamos estar, de los que pertenecemos a una historia circunstancial que nos asignó una “mala decisión” tomada por amor, que como puede pasar, fue efímero, sin sorpresas. Pero eso si, siempre jugando a ganador, si no sería absurdo, ¿para que se apuesta a amar sin deseo de ganar? Adoro ese juego deliciosamente cruel.

A lomo de bicicleta continúo mi paseo, y a través de una niebla insipiente, observo los rostros transeúntes de los que deambulan sin sueños, de los que aman trabajar con frenesí porque les ocupa el espacio-tiempo, algo que solo se llena con detalles simples, palabras honestas, y silencios cómplices. Me consuela no verme reflejado en esos espejos que usurpan las caras de los grises. Protejo a muerte la caja de acuarelas que atesoro por dentro, con la que pinto a dedo cada espacio de mi espíritu de vida. Es pintura de guerra, sí, en defensa de mi paz. Ya he tenido que eliminar a unos cuantos de mi día a día, y no me pesan… en lo más mínimo.

Desde mi ventana, al calor del radiador, y café en mano, observo como el invierno envuelve en niebla a mi bicicleta, atada a un poste de luz.

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