Canciones tristes

Me gusta escuchar canciones tristes solo cuando la paz y el contento reinan en la corte de mi espíritu, cantadas en una lengua dulcemente extraña, desconocida hasta en sus raíces de árbol milenario, para inventarme una letra diferente cada vez que abro mi pecho, porque prefiero oírla con el corazón, casi sin pensar, y sin revolcarme en el barrial pegajoso que se forma cuando polvo de pesares y lágrimas necias se entremezclan con crueldad para sofocarme.

Para mí, es más creíble la tristeza que invento cuando las letras me son amables y se dejan domar, más que las que podría sentir en la boca del estómago, y en el traspatio de mis ojos nubes, con esta me quedo quieto, la dejo hacer hasta que se cansa, se va atenuando, pasa, y ya. Jamás permito que escriba ni una sola palabra, yo soy el amo y señor de todo lo que me duela.

Voy a verte otra vez

Voy a verte otra vez, no con los mismos ojos, voy a tocarte otra vez, no con la misma piel, ni con el mismo amor, porque este nuevo amor que te llevo es tan viejo. Los años me han quitado ese poder que conocías a fondo, tengo miedo de no poder vencer a los recuerdos y regresar derrotado con todas mis armas en el hombro, como en un desfile de un solo soldado, por unas calles vacías, sin gente con banderitas, ni flores en mi fusil.

Siento un temblor juvenil a destiempo, que no me pertenece, fue mío cuando te tuve conmigo, ahora me lo presto a ratos. Todo sucedió cuando el tiempo no importaba tanto como en este instante, ahora que me queda menos, y pruebo el amor a sorbos, con experiencia de catador connotado y no con la avidez del joven guerrero bebedor de hidromel después de la batalla.

Voy a verte otra vez después de muchos soles y lunas, después de vivir tanto como para convertirnos en extraños conocidos, temiendo  redescubrirnos por no saber quiénes somos ahora, con los cabellos blancos, y lentes para ver de cerca lo que teníamos tan lejos.

Seguro estoy que el sabor de nuestras bocas nos gustará, nuestros labios no pueden habernos olvidado así como así, como si nada, ellos comenzarán el prodigio de reconocernos a nosotros aún debajo de las hojas de los  calendarios, y se caerán solas las puertas del temor a lo que aún no sabemos, para aceptarnos sin exigencias, sin condiciones asfixiantes, sin deudas, con lo puesto.

Voy a verte otra vez, sé que nos perdimos de algo.

¡¡Está lloviendo!!

Enormes esponjas cubren el reino que antes era del astro rey, grises, casi negras, de temperamento cambiante, se exprimen rabiosas unas a otras sobre la angustia del transeúnte, del que vive su vida y muerte sobre el tiempo exacto, en punto, siempre recorriendo una distancia interminable. Las horas, los minutos y los segundos, atrapados en la pequeña esfera de vidrio y engranajes que parasita en las muñecas de casi todos, corren como locos acortando su verdadera duración con un sadismo de alta precisión suiza. Flashes de una inimaginable cámara escondida dentro del gran cúmulo nimbo eternizan las imágenes de una resignación colectiva, donde los paraguas son apenas una formalidad que nos protege solamente del agua, pero no del desasosiego ferozmente impuesto.

Correr, mojarse, saltar charcos, llenarse de barro, ya no tiene sabor a risa infantil, acéptalo, ahora es en serio.

Azul

Azul, detesto el azul que me venden como si fuera el color del amor, porque no, el amor no es azul, el azul no se compromete, pasa casi sin sentirse, sin hacer ruido, sin jugársela a todo o nada en asuntos de piel entre hombre y mujer.

Azul, color insípido para el amor, no tiene el brillo imposible de disimular aunque no se ostente del amarillo, ni el fuego de la pasión que colorea sábanas y momentos furtivos con ese rojo explosivamente fuego.

El azul es para que paseen las nubes, floten los veleros, para que la arena se divierta haciendo castillos en días de sol, para que el paisaje de los niños tenga cielo en las hojas de sus cuadernos, para que mires con tus ojos de cielo y mar este castillo de arena que tengo por corazón para ti.

No, no insistas, el amor no es azul.

El rocío da fe de lo que digo

El rocío da fe de lo que digo. Lagrimas del alba se derramaron sobre la ciudad, sobre las hojas sin encuadernar que crecen en las ramas de la vida verde, donde las orugas escriben a mordiscos cosas que solo ellas comprenden, sobre los bancos de las plazas, sobre los cuerpos de los invisibles que duermen su hambre en ellos, arropados con estrellas bajo un cielo infinito, cruel, sin nadie que todo lo vea, ni esté en todas partes.

Todos regresamos del sueño con sed de sol, compartiendo silencios porque la palabra siempre despierta después que nosotros. Solo los madrugadores pueden ver el bostezo perezoso de los colores, de los ruidos de todo lo que suena mientras se brega el pan de cada día, la fatiga de cada noche.

Café y cigarrillos para los seres que no reparan en el rocío, será de tanto secarlo para sentarse en la terraza de algún negocio tempranero, tal vez para contemplar a los otros que a su vez contemplan sin ver, escrutan de mentira, con esos ojos aún pequeños de sueño viejo, y con ganas de cerrarse cinco minutos más… por favor.

Siempre oscurece

He salido a la puerta de mi casa para ver pasar la tarde vestida con la imagen de alguien que retorna, lleva un pan entre las manos para que coman las estrellas, lleva también un cansancio que no quiere reposo, quiere algo que no sepa a oficina, que suene a voz amiga y a ocio contento, que de importancia a lo trivial con la seriedad del caso.

Detrás de la tarde sentí llegar los pasos de la noche, cómplice de los camaradas que dan palabras a cambio de casi nada con cerveza, son los arregladores de un mundo que no les da importancia, que no quiere oírlos, tal vez el devenir se pierde de algo.

La noche ha cubierto con su capa esta parte del planeta, no se ve nada con los parpados cerrados. Una almohada reflexiva detrás de la nuca trata de recordar en vigilia el significado real de los últimos balbuceos etílicos de los sofistas del lúpulo y la cebada que, sabiendo en donde habitan, no saben cómo llegar a su casa por no querer entrar, pero amanecerá, siempre amanece… para empezar otra vez a esperar a que pase la tarde con la noche detrás pisándole las horas.

 

Nota: Le hice correcciones.