El último hablante

Amor, no trates de comprenderme, te perderías en la espesura de ese bosque intrincado en el que me he convertido, ya una vez me pasó, quise saber de mi y aún no he regresado, no fue difícil extraviarme entre esa maraña de raíces y troncos retorcidos diseñados por mi mismo. Mis propias explicaciones se convirtieron en follaje y me oscurecieron el entendimiento. Perdí totalmente el sentido de la orientación.

Soy un espíritu inquieto, como la mirada, como el pensamiento, yo mismo no me doy sosiego.

No amiga mía, no malgastes tu tiempo, lleva de nuevo a su estante ese diccionario que traes en las manos, en mi las palabras de siempre significan otras cosas en un idioma sin lugar, espacio, ni tiempo. ¡Yo soy su ultimo hablante!, ¡después de mi nadie dirá las cosas que digo como yo las digo!, con la misma connotación, con el mismo inexplicable sentimiento, con la misma confusión.

Ya te lo dije, soy un espíritu inquieto, como la mirada, como el pensamiento, yo mismo no me doy sosiego.

Amiga amor, eres como un barco que navega por insondables mares de palabras y gestos que me pertenecen, ahí va tu rostro flotando a la deriva, dando tumbos, lloviendo lágrimas, tratando de entender lo que dice el viento en este momento triste de tormenta mía.

¡Maldición! ¿Hacia donde quedará el norte?, se supone que hay una estrella allí, pero hay millones que podrían ser, y yo no puedo, no sabría señalartela.

De vuelta a un café

De vuelta a un café, me propones hablar, viejo truco para no tomar café sola con tu vida y escuchar más que decir, para practicar el arte de fingir interés ante lo fútil, y no morir ahogada de incertidumbre entre las olas revueltas de un océano de café negro que cabe en una pequeña taza, sin dulzura, amargo.

Siempre hay tiempo para beberse un café con alguien, para hablar faltan momentos. No es charlar, no es platicar, es esa acción que comienza en la boca del estomago y sale por la boca de la cara, se mete en los oídos de alguien, se sube a la cabeza como un licor, y termina aposentada en el medio del pecho como una tos irresuelta, como un proyecto de infarto inocuo aún sin corrección ni aprobación. Solo amando se siente eso, y este no es un momento de hablar. Bebamos nuestra presencia en cada sorbo de este silencio que lo dice todo, antes de que se enfríe la última vez que lo vamos a hacer.

Facturas y fotos de amor

Vengo a amarte por los años que me lo adeudo, vengo a cancelar en efectivo, con altos intereses, los “te quiero” que no te dije durante el tiempo en el que fuimos invisibles, intocables, y distantes, tiempo en que te quisieron otros, algunos quizás más que yo. Vengo a seguir escribiendo en el cuaderno de tu piel sin borrar nada de lo escrito antes por otras manos, incluyendo las mías tiempo ha, porque temo compartir con vidas sin historia, intrascendentes, vacías, tristes de soledad concurrida.

No quiero nada que no tengas, pero de lo que tengas todo. Quiero sol, lluvia con truenos, para que hagan crecer hermosos besos de verdes hojas y tallos con espinas. Vengo para que nos aprendamos de nuevo el uno al otro, como libros nuevos escritos en un idioma antiguo que conocemos porque lo inventamos nosotros para nosotros alguna vez, ese que aún tu y yo hablamos con soltura, pero con el acento de lo que hemos vivido cada cual por su senda.

En blanco y negro fuimos jóvenes, en color no… no tanto.

Canciones tristes

Me gusta escuchar canciones tristes solo cuando la paz y el contento reinan en la corte de mi espíritu, cantadas en una lengua dulcemente extraña, desconocida hasta en sus raíces de árbol milenario, para inventarme una letra diferente cada vez que abro mi pecho, porque prefiero oírla con el corazón, casi sin pensar, y sin revolcarme en el barrial pegajoso que se forma cuando polvo de pesares y lágrimas necias se entremezclan con crueldad para sofocarme.

Para mí, es más creíble la tristeza que invento cuando las letras me son amables y se dejan domar, más que las que podría sentir en la boca del estómago, y en el traspatio de mis ojos nubes, con esta me quedo quieto, la dejo hacer hasta que se cansa, se va atenuando, pasa, y ya. Jamás permito que escriba ni una sola palabra, yo soy el amo y señor de todo lo que me duela.

Voy a verte otra vez

Voy a verte otra vez, no con los mismos ojos, voy a tocarte otra vez, no con la misma piel, ni con el mismo amor, porque este nuevo amor que te llevo es tan viejo. Los años me han quitado ese poder que conocías a fondo, tengo miedo de no poder vencer a los recuerdos y regresar derrotado con todas mis armas en el hombro, como en un desfile de un solo soldado, por unas calles vacías, sin gente con banderitas, ni flores en mi fusil.

Siento un temblor juvenil a destiempo, que no me pertenece, fue mío cuando te tuve conmigo, ahora me lo presto a ratos. Todo sucedió cuando el tiempo no importaba tanto como en este instante, ahora que me queda menos, y pruebo el amor a sorbos, con experiencia de catador connotado y no con la avidez del joven guerrero bebedor de hidromel después de la batalla.

Voy a verte otra vez después de muchos soles y lunas, después de vivir tanto como para convertirnos en extraños conocidos, temiendo  redescubrirnos por no saber quiénes somos ahora, con los cabellos blancos, y lentes para ver de cerca lo que teníamos tan lejos.

Seguro estoy que el sabor de nuestras bocas nos gustará, nuestros labios no pueden habernos olvidado así como así, como si nada, ellos comenzarán el prodigio de reconocernos a nosotros aún debajo de las hojas de los  calendarios, y se caerán solas las puertas del temor a lo que aún no sabemos, para aceptarnos sin exigencias, sin condiciones asfixiantes, sin deudas, con lo puesto.

Voy a verte otra vez, sé que nos perdimos de algo.

¡¡Está lloviendo!!

Enormes esponjas cubren el reino que antes era del astro rey, grises, casi negras, de temperamento cambiante, se exprimen rabiosas unas a otras sobre la angustia del transeúnte, del que vive su vida y muerte sobre el tiempo exacto, en punto, siempre recorriendo una distancia interminable. Las horas, los minutos y los segundos, atrapados en la pequeña esfera de vidrio y engranajes que parasita en las muñecas de casi todos, corren como locos acortando su verdadera duración con un sadismo de alta precisión suiza. Flashes de una inimaginable cámara escondida dentro del gran cúmulo nimbo eternizan las imágenes de una resignación colectiva, donde los paraguas son apenas una formalidad que nos protege solamente del agua, pero no del desasosiego ferozmente impuesto.

Correr, mojarse, saltar charcos, llenarse de barro, ya no tiene sabor a risa infantil, acéptalo, ahora es en serio.

Azul

Azul, detesto el azul que me venden como si fuera el color del amor, porque no, el amor no es azul, el azul no se compromete, pasa casi sin sentirse, sin hacer ruido, sin jugársela a todo o nada en asuntos de piel entre hombre y mujer.

Azul, color insípido para el amor, no tiene el brillo imposible de disimular aunque no se ostente del amarillo, ni el fuego de la pasión que colorea sábanas y momentos furtivos con ese rojo explosivamente fuego.

El azul es para que paseen las nubes, floten los veleros, para que la arena se divierta haciendo castillos en días de sol, para que el paisaje de los niños tenga cielo en las hojas de sus cuadernos, para que mires con tus ojos de cielo y mar este castillo de arena que tengo por corazón para ti.

No, no insistas, el amor no es azul.