Silencio de dos

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Un día de esos

El otoño viene a recordarme cosas con un frío viento, como lo lejano de aquella tibieza de carne y huesos en otro lugar. Solo el carnaval que regalan los árboles en su efímera agonía, cuando evaden el invierno, me arranca una sonrisa corta como estos días, pero igual me brota una melancolía larga como las noches de noviembre, cuando sus oscuras manos toman las mías, llevándome a caminar por un sendero donde el colorido de las hojas son un parque de diversiones sin niños y sin luces.

Hoy mi soledad hace de las suyas, camino bajo este sol que alumbra pero no calienta, en esta ciudad llena de gente que no acompaña, que al hablar reivindican al silencio total, haciendo que por hastío yo extrañe a la palabra, esa que dice cosas que llenan algo más que el oído, y trascienden más allá de muy adentro.

Sí, es cierto, este no es un buen momento, paso por un día sin piedad conmigo, de una soledad brutal. Hoy mi propia compañía, mi favorita, la que más me gusta, no basta.

En mi apartamento, un saxofonista toca un blues melancólico justo a al lado de mi sofá, frente a mí, un escoces seco se empeña en no dejarme pensar, yo los dejo, que hagan lo que quieran, hoy es un día de esos.

 

Luz de vino dorado

Resplandece el vino dorado con la última luz de la tarde, esta copa en mi mano es la linterna de un solapado Diógenes que charla mucho con su cinismo, y la pasa tan bien.

En torno a mi presencia el devenir cotidiano, hablan las bocas parroquianas de todos los días, coro de voces sin melodía ni ritmo, que se apretujan en el ambiente denso del café que frecuento. Está pleno de mesas con hambre, de copas sedientas, de oídos que todo lo oyen, de ojos que todo lo ven. Lo trivial, lo fútil, lo irrelevante, cobra repentina importancia llenando espacios y rincones dentro y fuera de cada uno de los presentes, que de no ser así; las horas serian pasto de un silencio demoledor. Es normal, es necesario, hasta las cosas profundas, intimas, incontables, también requieren de una pausa por piedad propia, ya tendrán lo que resta de la noche para que hagan pareja con el insomnio, bailando la danza macabra para los que se quedan en medio de la oscuridad con los parpados de par en par, como si fueran dos puertas que dan hacia ninguna parte de este puto mundo, posiblemente ocultando abismos entre las sombras.

Quiero más del mismo vino blanco, ese que brilla dorado y se lleva tan bien con mi espíritu, el mismo que después del ocaso toma reflejos de la luna, o de la última estrella en el firmamento, para seguir brillando en la mano de este Diógenes cada vez más convencido. Bebo su luz a sorbos largos para que me alumbre por dentro, se suba a lo más alto de mi cabeza, para que me convierta en faro y les advierta a los que me aprecian, a los que me quieren, a los que me aman, de los escollos, arrecifes, bajos, y peñascos, que podrían hacerlos zozobrar, escorar, encallar, o hundirse en lo profundo de sus carencias por el enorme peso de lo que no tengo, y por ende no les doy.

Levanto mi copa llena de vino dorado, brindo por aquellos que teniendo adoración por mi me piden favores, me suplican milagros, aún a sabiendas de que soy un dios venido de hombre y de mujer, amoroso eso si, misericordioso según el caso, complaciente hasta donde puedo, pero cruelmente sincero. Por eso: aquel que tenga ojos que vea, aquel que tenga oídos que oiga, porque en verdad os digo que; yo, como cualquier dios en cualquier  mundo, no existo, y de eso doy fe.

Decir con los ojos

Mírame a los ojos compañera, ellos hablan con más honestidad que la lengua, digámonos todo de pupila a pupila, de iris a iris, que nada de lo que neguemos o afirmemos tendrá el apoyo de la mirada si corre riesgo la certidumbre. Ella, la mirada, se gobierna sola y es aliada incondicional del corazón, por eso no tolera que el amor sea ciego como lo proclaman los necios devoradores de poemas edulcorados, apretujadores de fotos guardadas en sus carteras, suspiradores de paisajes bucólicos.

Cuando nos amemos mírame a los ojos, se opacarán los gemidos, nuestra respiración entrecortada pasará desapercibida, estaremos muy ocupados dentro de nosotros viendo lo invisible, viendo la verdad en rojo color de sangre, oscura, como debe ser, para descubrir el origen real de la luz sin que esta hiera nuestras retinas. ¡Mírame carajo!, no dejes de hacerlo, que nunca he sido tan honesto dando como en este instante de abrazos y besos. Mírame amor, mírame siempre, ahora que por ti… de nuevo tengo ojos en el rostro.

Tranquilo, suave, con estilo

Me gustan los caminos que no se a donde me llevan, la compañía de esos amigos que comparten momentos sin mezquindad, los amores que dan sin pedir, que reciben sin pedir, las palabras con sabor a vino local que salen sin pensarse, como inspiradas por los elementos, por las conjunciones planetarias, por el instinto propio de los bichos que somos.

Me gustan los paseos sin planes, las sorpresas de lo cotidiano, la comida con picante, el humo del tabaco, el cálido paso del licor que cumple con el deber de embriagarme cuando se lo pido, la carcajada más que la sonrisa, el café ofrecido más que el pagado.

Por todo lo que he dicho y diré, salgo a las calles a compartir con el sol, ese que siempre me espera para acompañarme en este país donde habito, con la solidaridad que me profesa dos meses por año, alumbrándome los pasos por estos caminos sin dios, y calentándome el frío guardado en mis inviernos de adentro, muy adentro.

Me gusta reconocer las paredes de mi habitación cada vez que abro los ojos por la mañana, porque aún estoy sobre la redondez de este planeta, vivo, y  amándote compañera.

Paseando con la duda

He salido de mi casa con la persistente sensación de haber olvidado algo, camino por las calles de esta ciudad que a veces me gusta, otras no tanto, desconcentrado, ajeno a sus detalles, siento el desasosiego de no saber si lo que olvidé es algo muy importante, ¿un documento tal vez?, ¿algo puesto en el fuego?, no creo, casi no cocino, hombre que vive solo come sándwich, pizza, y si cocina siempre es espagueti. ¿La plancha encendida sobre una de mis camisas favoritas?, o quizás la puerta de la calle mal cerrada, o tal vez abierta, dejando a merced de manos inescrupulosas con fines inconfesables las tres o cuatro cosas valiosas que creo tener: mis libros autografiados por los autores no corren peligro porque ladrón no lee libros, aunque se de ladrones con carrera universitaria y mucha cultura. Del televisor, de mi guitarra eléctrica con todo y amplificador, me puedo ir despidiendo, aunque creo que no extrañaré la tele. Mis discos de jazz son rarezas que no conoce mucha gente. Tal vez se lleven el vacío que dejo cuando salgo y me dejen otro, u otros, el del ladrón, o los ladrones, que hayan violado mi recinto, obligándome a vivir con un vacío ajeno, desconocido, angustiante, odioso, y revisando de manera obsesiva la cerradura de la puerta cada diez minutos.

Aquí vengo, de regreso a mi apartamento, no puedo disfrutar del paseo con la duda de lo que realmente no sé. Revisaré la puerta, veré que las cosas estén completas, en su lugar, y desenchufadas.

De nuevo en casa, lo más seguro es que me quede leyendo y oyendo música, salir otra vez a retomar un paseo frustrado es como detener un coito para llevar una carta al correo y después regresar para continuarlo.

A lo mejor no debí haber salido, ¡coño!, no compré cigarrillos.