Siempre oscurece

He salido a la puerta de mi casa para ver pasar la tarde vestida con la imagen de alguien que retorna, lleva un pan entre las manos para que coman las estrellas, lleva también un cansancio que no quiere reposo, quiere algo que no sepa a oficina, que suene a voz amiga y a ocio contento, que de importancia a lo trivial con la seriedad del caso.

Detrás de la tarde sentí llegar los pasos de la noche, cómplice de los camaradas que dan palabras a cambio de casi nada con cerveza, son los arregladores de un mundo que no les da importancia, que no quiere oírlos, tal vez el devenir se pierde de algo.

La noche ha cubierto con su capa esta parte del planeta, no se ve nada con los parpados cerrados. Una almohada reflexiva detrás de la nuca trata de recordar en vigilia el significado real de los últimos balbuceos etílicos de los sofistas del lúpulo y la cebada que, sabiendo en donde habitan, no saben cómo llegar a su casa por no querer entrar, pero amanecerá, siempre amanece… para empezar otra vez a esperar a que pase la tarde con la noche detrás pisándole las horas.

 

Nota: Le hice correcciones.

 

Bienvenida tu voz (a María Callas)

La ventana abierta de par en par dejó que tu voz entrara penetrando cortinas y persianas, llegó hasta mi para abrirme los ojos y hacerme un nido en la cabeza, allí se acurrucó para calentar mi imaginación aún somnolienta, remolona, con olor a cobija amarilla, creo que amarilla como el pétalo de los girasoles que danzan en clave de sol y con vaivén de brisa. No quiero moverme, temo tropezar y quebrar el instante, convertirlo en miles de segundos regados sobre mi cama, imposibles de armar, no sabría hacerlo.

Te oigo, aún te oigo, sé que estás por ahí, en alguna parte del lado fuera del espacio donde duermo, siento tus pasos de nube regando semillas de canciones que solo tu sabes para que las coman los pájaros que habitan en tu boca. No calles por favor, sigue cantando, alarga para mí este cielo al que me llevas y a donde solo se puede entrar estando vivo, completamente vivo… respirando tu voz.

Marcela despojada

Ya tiene los ojos secos, si, secos de tanto ver esas flores rosadas que se pelean  con ramas verdes y hojas sinuosas por el espacio inmóvil de una pared, es el papel tapiz que forra a esa suerte de caja de regalo vista por dentro que es  la habitación de Marcela. El tiempo se detuvo no se sabe cuándo en el interior de ese recinto lleno de adornitos de quincalla y recuerdos de aeropuertos que hablan de paseos, de viajes que nunca hizo y que nunca hará. Los parajes y rincones exóticos de este planeta los ha recorrido a lomos de enciclopedias, o navegando en barcos de papel hechos con folletos de agencias de viaje, atravesando los mares que se arremolinan alrededor del desagüe de la bañera llevándose disuelta su desnudez, desnudez que se ha vencido sin uso de tanto guardarla para un momento especial que nunca llegó.

Marcela no lo dice, pero alguien debe tener la culpa de tanta soledad triste, alguien tiene que pagar por eso que a ella le pasa, alguien tendrá que reconocer que algo le negaron, eso que era de ella y nunca recibió, que le ocultaron con egoísmo asqueroso y repugnante, eso que alguien acaparó con codicia para tener doble ración de felicidad.

La hermana gemela de Marcela se casó con un hombre bello y tuvo dos hijos hermosos, no en vano Marcela sospecha de ella.

Ya vengo… o no (a Don Quijote, mi heroe favorito)

Quemaré los años restantes encontrando cosas sin buscarlas, ahora que no tengo por qué atesorarlas, cuando ya no tengo espacio para guardar nada superfluo ni trascendente. El tiempo que poseo es cada vez menos, más precioso, más difícil de conseguir por las buenas, ¡por eso será por las malas!, ¡robado de ser necesario!, espada en mano y lanza en ristre, destrozando a mi paso calendarios y relojes hasta que se desangren de números y días inmóviles.

Lejos están los momentos en que debí enajenarme sin perder el control, en que debí abrir la puerta sin cerradura de esta jaula de papel donde tengo el espíritu mío, el pobre, allí está, acuclillado y viendo con cara de pájaro el cielo desde el lado de adentro de la ventana. ¿Cuándo se acabará este invierno sin sur?, ¿cuándo esta eternidad de mentiras, de temores entre inventados y ciertos? Nada justifica esta quietud miserable, hay tanto mundo allá afuera desperdiciándose.

Recurro a todos los dioses imperfectos, señores de la irresponsabilidad racional, de la locura responsable, es en honor a ellos que incinero los últimos trozos de sándalo que poseo en el altar erigido en ninguna parte del templo planetario, para que favorezcan una buena cosecha de experiencias, de vivencias, tan grandes… que solo quepan en el morral de mi existencia, que no pesen en lo absoluto, ni me hagan doler la espalda o el corazón.

Ya vengo, o tal vez no, debo salir a la conquista de lo que nunca se opuso a ser conquistado… así muera de placer en el intento.

“Cosas veredes Sancho”.

Comienzo de nuevo

Comienzo de nuevo, un solo cepillo dental al borde del lavamanos de la culpa aprendida da fe de ello, me tocará asomarme a la ventana de mi historia serio, muy serio, con una sonrisa en la cara, para ver la luz del sol cuando comienza a darle color a la calle y a las cosas que sobre ella pululan, incluyéndome a mí mismo cuando la pise con mis pies, cuando la posea en son de paseo y en son de paz. No, no estoy solo, me acompaño codo a codo en este constante giro y parada de ruleta macabra. En el casino del amor he ganado y he perdido, pero de eso se trata el juego de hacerse daño amandose, cosas de ludópata débil y sin remedio.

Algunas veces he sido feliz, otras infeliz, creo haberme dado cuenta de ello. Pasan tantas cosas fuera y dentro de mí que me asusta la idea de que alguno de esos dos estados se eternicen, la eterna felicidad y la eterna infelicidad serían señales de que algo no está pasando en el ser que habito, no quiero estar vivo en el instante de mi sepelio, aunque me pierda los tragos a mi salud de los solidarios de siempre.

De nuevo zarpa este barco con un solo pasajero y capitán a la vez. Golpe de timón con rumbo ignorado, abierto a las sorpresas de la travesía. Fascinado por los mares de la incertidumbre levo anclas con irresponsabilidad de eterno púber, las condiciones del tiempo las desconozco… como siempre.

El dictado de su silencio

Sentada sobre esa roca la mirada se le pierde más allá de lo visible, allí está, siempre esperando nada a la misma hora en que el sol comienza a no existir. Su mente es un cometa sin hilo a merced de su silencio fuerte y cambiante. ¿Quién la oirá decir algo?, ¿Quién será el dueño de sus palabras? De solo verla escribo sin cesar, sobre trozos de papel encontrados en el azar de mis bolsillos, lo que yo pienso que ella piensa, rompecabezas que resolveré cuando llegue a casa, riegue los trozos de ideas mías sobre la mesa, comience a buscarles sentido mientras las armo, y en ellas vea únicamente lo que yo quiero leer, siempre es así de insolente mi percepción del ser ajeno.

La brisa la peina y la despeina cual Medusa sin serpientes, como cambiando su imagen a medida que lo hacen sus sentimientos. No, no quiero que me hable, no quiero saber nada de ella, su figura en la roca me pone al tanto de cosas que de seguro no le pasan ni le pasarán jamás, solo eso le pido sin decírselo, una palabra suya bastaría para romper este encanto tan íntimo que aunque venga de ella no le pertenece.

Hace diez minutos que ella se fue, solo quedó ese enorme agujero sobre la roca, no hay paisaje que pueda disimularlo.

Fascinación primitiva

Fascinación cavernaria, dominio de la oscuridad por la danza terrible de la luz destructora, es fragor que calienta nuestra imaginación febril, es ese ente insaciable que pide alimento para devorarlo con salvaje gula, para seguir alimentándonos y amparándonos del cruel frío. Su contemplación siempre es ritual inconsciente, está construyendo imágenes e historias reñidas con la realidad en la parte más primitiva de la mente humana, en cualquier siglo, en cualquier lugar de la redondez que habitamos. Es un servidor diligente que nos une a su alrededor, pero con condiciones inapelables, en ello podría irte la vida. No reconoce jefes, puede ser infiel, pero está al servicio de cualquiera, no importa la causa, ¡fuego!, ¡estoy hablándote del fuego!… pero tienes razón, podría también ser del amor.