La copla coge el camino (coplas llaneras)

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No puedo y no quiero evitar que de vez en cuando me pique el gusanillo de mi país (Venezuela) y me de por hacer coplas llaneras. Me encanta oír el canto recio, sin zapatos, con alpargatas, y sobre la misma tierra, a golpe de cuatro, arpa y maracas, pero en la ciudad, como buen animal urbano que soy, en eso no doy concesiones. 

La copla coge el camino

Bajo el sol de las alturas

Sudando parranda vieja

Moja con ron las llanuras

 

Sale de gargantas duras

Como galope de yegua

Anda buscando batalla

Sin prisionero ni tregua

 

Reta al ingenio a la legüa

De un cantor reconocío

Corta el aire a filo e verso

Alguien quedará vencío

 

Si acaba bien definío

Un amigo se ha ganao

Si termina por las malas

Siempre queda uno acostao

 

Copla cobra lo apostao

Mientras piensa distraída

Un recuerdo permanente

O aquel que ya se le olvida

 

Los amores de su vida

El que se toma o se deja

Jaula que no tiene puerta

Ventanal grande y sin reja

 

Me voy llevando tu queja

Flor que abre solo un día

Amor rentao no daña

Le pago y nunca me fía

 

O el que marca la piel mía

Cual quemada en carne viva

Que siempre está de llegada

Que se va y no es despedía

 

Te tengo bien retenía

Pá guardarte aquí en mi pecho

Te imagino en mi caballo

Con amor justo y derecho

 

Después de dicho desecho

La copla queda en el aire

Pá refrescarle la cara

A los que están en el baile

 

La copla va con donaire

Bajo ese sol del poniente

Sudando en parranda eterna

Gotas gruesas de aguardiente

Otoño íntimo

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Miles de pañuelos que dicen adiós hasta la primavera caen de los árboles en esa plaza sin nombre que yo sepa, el viento las ordena en un delicado caos, en un estricto desorden de especies y formas. La muerte efímera se viste con sus mejores colores anunciando sin tristeza el letargo vegetal, ese que que protege del implacable invierno a los seres de madera y vida. Otoño, estación perfecta para pensar en nosotros, para ese dialogo postergado del yo con yo, encuentro con un amigo interno que hace un año que no contactamos, al que hay tanto que contar, que decir, que prometer, que dar.

Cada otoño adquiero una cuenta nueva conmigo que no siempre honro por cobarde, porque me asusta asumir las consecuencias de cancelarme lo que me debo desde hace tantas lunas, por eso veo a las hojas que anteceden al invierno como un enjambre de facturas que me recuerdan lo que me adeudo y me lo cobran con su danza de viento, como debe ser, sin aviso y sin protesto, como estas letras de cambio que he escrito, que no siempre cambian todo, y el que no cambia todo en verdad no cambia nada.

Otoño, deuda de juego, deuda de honor.

Mensaje antiguo

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Leve murmullo del ocaso, efervescencia de sol sumergiéndose en las aguas del horizonte, se le oye como una intención solapada de secreto, como si quisiera revelarme misterios de lo infinito, de aquello desconocido que a lo mejor podría definirme a mí mismo como ser humano pero… en una lengua antigua, perdida eones hacia el pasado primigenio, hablada mucho antes que las leyendas. Son palabras de hombres y mujeres que ya no existen, para orar a dioses ya muertos, rústicos, imperfectos portadores de veleidades humanas y apegadas al caos de la materia.

El burbujeo del disco de fuego desespera en su afán de contármelo todo cuando toca la humedad de mi mundo, y yo aquí, sin comprender absolutamente nada, sediento de fe sin dogmas, sin deidades, sin sacerdotes, sin templos construidos para que me arrodille.

Una de bucaneros.

Bar pirata BN

Apenas entro y siento que comienzo a ser un personaje de La Isa del Tesoro. Mi mirada se expande a lo largo y ancho del bar “La Sportive”, purgatorio etílico en la Rue de Carouge, sacro templo de reencuentro diario para los solos de siempre, para los delirantes de siempre, para los ebrios de siempre, atiborrados de cuentos sin destino, de historias casi todas mentiras o ajenas hechas propias. Hay bullicio de palabrería para conversar, hay revuelo de olores corporales, de tabaco, de alcohol, y de miradas al soslayo que lo captan todo. Son piratas sin barco que no conocen lo que es una aventura en el Caribe, que nunca han escuchado el estallido de un cañón, ni las campanas que tañen a duelo cuando chocan con furia dos sables de acero, sonido que hiela la sangre de alguien, que para el pulso de alguno, siempre con miedo valiente, porque para eso se es pirata. Dime algo Ginebra, dime si me equivoco.

Pantalla de televisión eternamente encendida, hay un partido de futbol sin fin. Mal ron, mal whisky, vinos mediocres, y una cerveza aceptable, no puede pedirse más en “La Sportive”, sería una verdadera desconsideración, casi un abuso. De volverse exquisito este bar con nombre tan profanamente merecido dejaría de ser fuente de inspiración para artistas de cualquier género, que como yo mismo, venimos con frecuencia a creer que el drama de estos parroquianos anónimamente conocidos es peor que el propio.

Es que los veo moverse de silla en silla en la barra, los oigo hablar solos, o con otros, aquí, allá, con aquel, con este, con esa, con la otra, y casi que me aturden, también me veo a mi mismo apurado, llenando paginas de libreta donde les invento historias que de seguro no tienen nada que ver con ellos, como de seguro que si más conmigo, eso lo presiento, pero no me da la gana hablar de ello, sería innecesario e irrelevante.

Después de la cuarta cerveza yo no me reprocho nada, ya soy parte de la tripulación bucanera *como el pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo, el viejo truhan capitán de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera”. Nada me reprocho, lo he dicho antes, y es que hay tanta cerveza por navegar.

La vuelta al mundo en “NO” sostenido.

Mundo copia

No, no sé, no podría explicar quién soy en este momento, pero si podría con facilidad explicar quién no soy, tal vez sea irrelevante. Llevo tiempo tratando de manejar este hastío que siento cada vez que bebo sin azúcar un sorbo de mi vida, cada vez que muerdo un croissant que sabe a calendario sin números, sin días, ni meses, y cada vez que leo un pedazo de papel que no cesa de regalarme conflictos ajenos y propios sin yo pedírselos. ¿Cómo hago para sacarme este “no” de debajo de mis cabellos?, tal vez debería gritárselo a alguien y salir corriendo, dejárselo grabado a fuego en su vida para ver si le da un mejor uso que yo. Siento que me he convertido en una colmena plena de dudas violentas cuya picada en enjambre puede ser mortal.

Hoy salí con ganas de caminar sin pausa hasta que el horizonte me golpee en la frente, o hasta que de tanto andar por este redondo planeta me encuentre conmigo mismo de espalda, viendo como me voy, no esperando mi regreso.

Urbe se escribe con lápiz.

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Tus manos sacuden restos de palabras que has dicho y que han caído sobre tu regazo, dispersas en el piso tratan de ser escuchadas, un pie piadoso las tritura dejándolas inentendibles, dejan de sufrir… mueren, luego son silencio.

Tu mano aferra un lápiz amarillo que escribe en negro lo que los demás no ven claro, tal vez para que no se te olvide a ti mismo, corazón de papel arrugado de tanto llevarlo en tus bolsillos, húmedo de sudor, grasoso de manoseo constante, de intentos de alisarlo insistentemente que solo logran convertir en borrones ilegibles las palabras dejando campo abierto a la deducción, o a la malsana especulación. Ya no sabes si tenías algo que decir, o algo que escribir para ser leído por quien sabe quién… incluyéndote a ti mismo. Venga humo y alcohol diría Hemingway.

Las musas están ausentes escribidor, tiempo tienen ya que no te visitan, que no vienen a contarte cosas de allende los mares de la realidad sentida. Las musas, las tuyas, ya no viven en los paisajes bucólicos, ni en el voluble temperamento del océano, ni en las nubes mutantes que sugieren formas fantásticas de dimensiones colosales, ni en los amores rurales de juventud, ni en los senderos de los bosques, ni en el perfume desesperado de esas flores moribundas ya sin néctar en el florero de la tierra misma. Sabor de bolero on the rock te queda en la boca después de pasar toda una vida en una tarde, viendo una hoja muda de papel en un block de notas yerto, nuevo, inútil. Las ventanas de tu auto exilio solo te ofrecen paisajes.

¡Vuelve a la ciudad animal de la urbe! respira el aire que regalan los motores, oye el canto de las ambulancias y las de la ley y el orden, regodéate con los pleitos de mercado, con la lastima profesional que pide monedas en nombre del dios que la tiene en la miseria. Escucha atentamente el ambiente angustioso de los que llenan los ascensores con sus espacios invadidos, sus frases cortas, y la mirada puesta sobre los cambiantes números del purgatorio. Respira los olores corporales que se mesclan entre si en los autobuses y trenes. Come y degusta la comida impersonal hecha en serie para todas las hambres que viven en los palomares de concreto armado. Pisa las aceras adornadas con heces de cuadrúpedos, con colillas pisadas por bípedos. ¡Ese es el mundo que habitan tus verdaderas musas! ellas salen a la vía pública vestidas con sus trajes de papel de diario mostrando impúdicamente sus malas nuevas. ¡Sorpréndete! aún hay sonrisas entre tanto rostro condenado a la seriedad eterna. Vuelve a tu elemento natural, eres escribidor con estudio en cualquier barra o mesa de café, escribe, cumple con rigor la condena que te has puesto encima como un saco de arena, siéntete vivo.