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Tú y la mariposa de madera

La figura desgarbada de una niña Paganini me sorprende en un recuerdo gratamente inesperado, esa imagen que me quedó de ti en las fotos que ahora reabro ante mis ojos, miopes y astigmáticos por vocación, de la primera y única vez que, no te vi, te sentí toda tú, sobre la escena de un incipiente café concert en la Ancien Poste de Montreux. Quedé atrapado en las redes del hechizo que irradiabas cuando ese violín y tú fueron un solo ser, cuando tus manos encontraban melodías escondidas entre sus cuerdas. Solo yo podía percibir como se expandía la magia con rapidez, hasta tocarle el espíritu a este intimo desconocido tuyo, ya incondicional sin que tu lo supieras, con la uña de tu dedo índice.

Ahí estabas, con esa mariposa de madera posada en tu mejilla, que no se escapaba porque no quería, no lo olvido, tú tocando sus cuerdas con un arco, tus ojos se cerraban de pasión, de tu boca brotaba una sonrisa extraña, de pronto; de nuevo tus ojos estallando con esa mirada casi diabólica, típica de un ángel caído, rebelde ante la dulzura fatua de una canción de amor, luego vino otra sonrisa, esta vez plácida, para ti misma, te entregabas, te deshacías viviendo tu clímax, estabas al margen de los juicios ajenos a esa intimidad violín y tú, clímax que yo hice mío esa noche por robo descarado, de pura envidia, ¿a quién?, a esa mariposa de madera, tibiamente atrapada entre tu rostro y tu pecho.

El frío es un acompañante

El frío es un acompañante que no me abandona por las calles que voy recorriendo, no me disgusta el toque helado de sus manos en mi cuello, ni que me desordene las ideas y el cabello con su brisa glacial, por lo menos es fiel, no discrimina espíritus trashumantes como este que me pongo primero que la bufanda, y cubro con el abrigo que disimula mi delgadez.

El frío cada cierto tiempo me invita un café contemplativo que acepto con agrado, mientras lleno la mesa de espacios en blanco donde apunto lo que me da cada lugar visitado más lo que yo le pongo, porque favor con favor se paga, y yo siempre vengo a cobrar favores con ruido de tasas al fondo de cada letra escrita.

No me gusta negar mis pesares al frío, ni mis contentos, no me asusta ser honesto ante un público tan exigente como yo. Tal vez por eso los poetas sufrimos más que el común de los mortales, por tener la sensibilidad por encima de la piel, sin nada que la proteja, siempre expuesta a todo lo que otros pasan desapercibidos, por eso somos mortales que morimos más veces, y revivimos otras tantas, como los demonios.

El frío me sugiere que, tal vez soy yo el que no sabe que hacer con tantas mentiras en la cabeza, esas que al leerlas alguien por ahí, cree que tienen que ver conmigo porque sí. Yo sé que puedo inventar tristezas y alegrías con descaro, con desparpajo, pero eso sí, siempre con olor a las mías, o inventar amores y desamores con la facilidad del que los ha sentido alguna vez, pero sublimados en momentos ajenos para compartirlos con otro, para sentir solo la mitad, no me expongo.

El frío se ha detenido de nuevo después de una larga caminata , esta vez en una calle que desconozco, me señala un local con la punta del paraguas que llevo en mi mano, esta vez me invita a vino blanco, y… ¿por qué no?, en serio, ¿Por qué no?

Querida María

Querida María.

Yo no quería escribirte, es más, yo no quiero escribirte, porque no tengo nada que contarte, ni tengo explicaciones que darte, la distancia que se marcó después de nuestro final fue demasiado larga para tan corto tiempo juntos, tú me entiendes, pero aún así, aunque no lo creas, tengo tanto que reclamarte, si, como esta falta de nostalgia de ti, como esta ausencia tuya que no se nota en la almohada de al lado, como este olvido de tu voz, como este sin deseo de ti por las noches, como esta ausencia de sonrisa al recordar momentos compartidos, como alguno que otro detalle que no encuentro en mi caja de los cuentos para contar, porque se cayeron en el trayecto, oí el golpe sí, pero no me importó dejarlos allí. De seguro alguien los encontrará sin comprender de qué se trata, igual que yo.

Te reclamo porque nuestros instantes se quedaron donde acontecieron, porque nuestros planes carecían de sentido antes de salir de nuestras bocas, porque se me olvidaron tus labios, tus manos, tu cara, que estuvo a milímetros de la mía, porque siento que nada creció entre tú y yo, falta de riego tal vez. La única pregunta que queda flotando en mi aire es: ¿Qué demonios fue eso?

Te reclamo también por haber aparecido y luego desaparecido sin dejar de verte, sin dejar rastro que me tentara a reencontrarte, aún no haciendo falta porque sé dónde queda tu casa. Te reclamo porque tu número de teléfono está en mi agenda, pero se me borró el deseo de oírte. Te reclamo porque no hubo ni adiós, así como para sentir que me marchaba de algo. Te reclamo por no haber sido ni un mal momento memorable, de los que hacen beber para olvidar, llorar, prometer que no vas a volver a amar a ninguna, todo eso frente a solidarios testigos, así te oigan con incredulidad y risitas burlonas.

Esta carta que no quería escribirte, que no quiero escribirte, es, más que todo, para pedirte que por favor me devuelvas todo ese tiempo contigo, no es que me haga falta para algo en especial, pero por más que sea me pertenece, y además; tiene para mí un gran valor, ¿Cómo te explico?… ¿sentimental?

Atentamente

Tu Sabes Quien

Ginebra la sola

En un café 1

Hoy en particular, siento que los días en Ginebra son siempre domingos por la tarde, oigo pasos que buscan llenarse espacios de tiempo libre sin destino real, en una ciudad donde los bares invitan a seguir de largo si no te esperan con cita previa. Entrar en Ginebra a un local y mentirle al ocio tomando un café que no se quiere es patético, descubres mesas con una sola persona, hablando con nadie, eso es algo que no es fácil de manejar. Nada miente más que la presencia de la ausencia, pero es verdad que a veces la mentira supera en bondades al silencio, y no, no es fácil admitir esto sin bajar la mirada hasta verse el ombligo.

Ginebra, te siento ciudad de gente sola que se abandona mutuamente, que desconoce la maravilla del darse porque si, donde el amor incierto, que no llena el corazón, llena el agujero de la necesidad de que alguien esté por ahí, al alcance de la mirada, a la distancia de la voz, pero esa es una razón que se gasta con rapidez de relámpago sin luz, dejando juntas a dos soledades, frente a frente en una cama, diciéndose nada que pueda vencer a la trivialidad. Yo también he jugado a eso, no me gustó y me fui, porque nadie gana, siempre se pierde algo.