Prisioneros

 

Este silencio que remonta las paredes, que se sube sobre los muebles igual que ese gato que tanto detesto, me abruma, tanto; como ese hueco que permanece cuando estás presente. Yo me doy cuenta, tu también.

Tu respiración a mi lado, alguna vez, si fue verdad que nos amamos, me habló de cuando era de noche, y tu sonrisa al despertar, sol de todos mis días, fue, poco a poco, un adiós nuevo, fresco, necesario, urgente.

Unión de labios ansiosos, olor de mejillas húmedas, carne que se hunde con mi mano, y esa luz que se oye como entra por la ventana sin pedir permiso, brillo que pone a bailar la ropa, transforma zapatos en pasos, convierte en perfume ese aroma de café en nuestras bocas. Tu, yo, acostumbrados a irnos para siempre; sin poder evitar el regreso. Otra vez besándonos con desesperación, amándonos frenéticamente, despidiéndonos inútilmente, estúpidamente. Somos dos necios que juegan a hacerse daño.

Y ahora amor; convenceme, dímelo tu, ¿Que hacemos con este odio?

El retrato de papá

Hoy ha sido un día particularmente extraño, Robertico ha recibido un paquete enviado por su madre, él entiende, o no entiende, porque le pasan esas cosas a él. De su padre no se acordaba ni cuando estaba vivo, no quería. El último momento que pasaron juntos, pero sin decirse absolutamente nada, fue la tarde de su entierro. Viajo; por petición de su madre, casi dos horas y media hasta la ciudad donde vive su familia, sólo para ver cómo meten en un hueco una caja de madera, dentro iban los restos de alguien que con el paso de los años se hizo, según palabras del propio Robertico, más desconocido, más extraño, más ajeno a él, pero todos saben que eso es mentira podrida.

Robertico tiene casi una hora sentado frente al paquete abierto, tiene un whisky con hielo en la mano, está sentado en una butaca, en su butaca favorita, justo frente a la chimenea. Su padre ocupa la butaca de al lado, está rodeado de pedazos de cartón, pedazos de papel, y de un marco barroco y pintado de dorado, en el centro se destaca su imagen… sin emociones, siempre con la mirada vacía, con chaqueta de trabajo siempre puesta, con camisa blanca y corbata. Las corbatas de su padre, esas que a Robertico siempre le parecieron espantosas y de mal gusto; hasta llegó a pensar que su padre, a propósito, compraba las corbatas más kitch solo para molestar a los demás, Detrás de él, en esa foto tomada hace más de tres años, se ve la pequeña casa donde vivían los abuelos, quedaba en el campo. Robertico la recuerda con simpatía, aquel riachuelo siempre pasando por un lado. El no sabe qué hace su padre ahí, en esa foto ridícula jodiendo el paisaje, él no tenía nada que ver con eso. El hijo de Roberto el grande siempre pensó que para su padre; la familia de el había sido una especie de accidente, y los hijos que tuvo con su esposa; casi que una maldición.

Para Roberto el pequeño son inolvidables los cardenales con sangre en su piel, y los chichones en la cabeza ; producto de las palizas que recibía de Roberto padre, claro que siempre fue por su bien. Era imposible buscar consuelo junto a su madre inodora, incolora, e insípida como el agua

-algo hiciste para que merecieras esa tunda- decía la necia ¡estúpida más que estúpida!.

A Roberticoo siempre le pareció que su padre volcaba sobre el toda la furia de sus frustraciones, que no eran pocas. Roberto el grande siempre desvalorizó a Roberto el pequeño, y no le importaba hacerlo llorar en público.

Robertico, el siempre fue Robertico, porque Roberto era su papá. Nunca se sintió un Roberto completo, siempre fue sólo un miserable pedazo de Roberto el grande, el original, el inimitable, el mismo que humillaba a su hermana delante de amistades y enamorados, el mismo que había logrado hacer invisible a su madre, y vivir como viudo sin haber muerto la esposa. Roberto, o mejor dicho, Robertico… lo odiaba a muerte

-menos mal que se fue esa mierda- habla en voz alta para si mismo, y agrega -creo que yo lo hubiese matado mejor que el cáncer ese que tenía-

Pero Robertico es un pobre cobarde cagado, ya tiene treinta años y tiene más de la mitad planeando partirle la cara a su padre y nunca lo hizo porque le tenía miedo, y ahora menos lo va a hacer. Después de ido el conejo, palos a la madriguera.

Son más de las seis de la tarde, la escena es irrepetible, pareciera que hubo una reconciliación, pero no creo. Padre e hijo comparten en silencio el calor de la chimenea encendida, mientras y sin palabras, se miran fijamente a los ojos. Robertico en su butaca, sonriente, tomándose un whisky dice adios con la mano sin whisky, y su padre… entre leños, como siempre sin decir nada, compartiendo las ultimas llamas de la hoguera que lo consume, pero hasta el último momento; sin apartarle, ni un solo instante, la mirada a Robertico.

Tonterías, no puedo evitarlo

Hoy, hoy no, esta noche, solo me salen tonterías de la cabeza, no puedo evitarlo; tonterías como… el mismo almanaque sirve para todos los años, el día es para dormir, la noche alumbra el insomnio con luz de televisor, y un cielo de estrellas con un apagado sol de vidrio sirve de ventana, pone límites a los sueños, a tu cama donde sueñas, así no duermas.

Son más de las once de la noche, las doce para ser más exacto, ¿y qué?, ¿Qué sabe la noche de números?, no son tan importantes cuando la sed es de letras, de palabras, en medio de un desierto.

¡Ya!, ya me harté, no quiero escribir tonterías.

Aquí estoy, tratando de deshacerme de recuerdos como quien limpia la gaveta de su mesa de noche. No, no es fácil botar la tarjeta con la dirección y el teléfono de un amigo muy querido, con el que quisiera encontrarme de nuevo; pero que ya murió. ¿De quién será este beso sin nombre? La mitad de un tiquete de un cine que a lo mejor… ya no existe, ¿con quién iría?, ¿quién se sentó a mi lado?, ¿qué parte de la mitología de lo cotidiano vi en aquella oscuridad artificial?, efímero momento de intimidad y silencio. Un te amo viejo y desteñido pero; con nombre y apellido. Un recibo de luz sin pagar con una dirección donde viví hace más de treinta años, si, reconozco que iluminé cosas hermosas allí, lágrimas, risas, momentos de guitarra, cigarrillos entre sabanas y querencias, vasos de vodka con hielo al anochecer. Fotos de ellas y de lugares donde estuve. Una media sin pareja. Poemas malos y buenos, con, o sin pareja. Caracoles, piedras, de esas cosas que uno ve y sonríe sin tristeza. Fotos de mi bautizo que me ratifican que fui bajito. Cartas que no recuerdo haber escrito, y otras que si, en fin. Creo que mejor no me deshago de nada, no quiero botar nada, siento miedo de quedarme sin parte de mí. Si, si,  a lo mejor es mentira pero… quien sabe, podrían hacerme falta para algo, no sé, uno nunca sabe, uno nunca supo ni sabrá, ¡qué carajo!.

Debo aceptarlo, esta noche es para escribir tonterías, no puedo evitarlo.

El amor es un peatón solitario

Siempre espero antes de cruzar una mirada, sea de día o sea de noche. Me detengo, miro hacia ambos lados, atento a que no vengan palabras a velocidad excesiva, palabras que pongan en peligro mi integridad emocional, afectiva, sentimental. Es que que es verdad, hay gente que maneja las palabras como locos, que son capaces de llevárselo a uno por delante, lanzarlo contra la barra de un bar, dejarlo allí con el amor moribundo, con heridas contusas en el ego, politraumatismos en el corazón, fractura craneonostálgica severa, y darse a la fuga; mientras… yacemos sobre el gris asfalto de la confusión, en coma, sin punto y seguido. Yo ya no estoy para estar corriendo riesgos de ese tipo. Ya me han llevado por delante varias veces, asumo mi imprudencia. Se lo que duelen esas lesiones, lo caro que cuestan, y ni hablar… de las cicatrices que te dejan.

La piedra que soy

 

No me mires más así, que no tengo boca con que contarte un día en la vida mía, ni en la de nadie, que no tengo oídos para escuchar las palabras del paisaje, ese que me cuenta pájaros, hojas, troncos, y manchas verdes de musgo sobre la piedra que soy. Aquí estoy, atento a esa serpiente de agua que repta entre cañadas, siempre erosionando paredes de acantilados, de gargantas rocosas que entonan torrentes, chasquidos, y goteos, para que se duerma el frío de el nuevo otoño, siempre sobre un colchón de muerte multicolor. Rojos, verdes, amarillos, naranjas y ocres, se expanden como una alfombra; para que tus pies no toquen la tierra y te cuenten la verdad del invierno que viene.

Hoy siento que me duelen tus ojos de almendra marrón, no se como mirarlos; porque hablan una lengua que no me atreví a aprender, porque en realidad no me ven, me abren las entrañas buscando algo que no se ocultar. Soy un mal abogado que se declara inepto para defender sus contradicciones, o sus actos. Me duele tanto ser tan irremediablemente humano y transparente, inocente asesino de sueños infundados sobre mi persona; y no puedo evitarlo. Lejanas están las tibiezas de los amores eternos que he encontrado en mi vida, como cercanos están los miedos a las ataduras que deseé fueran también; dulcemente eternas sin confesarlo. Estoy condenado, amor y espanto se me han vuelto sinónimos; sabiendo que eso es mentira justo ahora… cuando las lagrimas se me han vuelto malditamente fáciles.